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Desperdicios alimentarios para proteger los barcos

Bajo la línea de flotación, un enemigo invisible acompaña a los barcos desde hace siglos. Algas, percebes, mejillones y microorganismos se adhieren progresivamente a los cascos, aumentando su resistencia en el agua. Resultado: los barcos consumen más combustible, emiten más CO₂ y requieren operaciones de mantenimiento más frecuentes. Estos organismos también favorecen la propagación de especies invasoras de una zona marina a otra. Para responder a este problema, el proyecto Endfouling, desarrollado alrededor del puerto de Valencia, explora una vía original: transformar los desechos orgánicos portuarios en aditivos biológicos capaces de proteger los barcos de manera más sostenible.

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Desechos alimentarios para proteger los barcos
22-med – junio 2026
El proyecto Endfouling transforma desechos alimentarios producidos en los puertos en aditivos biológicos destinados a limitar el biofouling de los cascos de los barcos.
En Valencia, esta innovación asocia economía circular, bioinformática y pruebas en condiciones reales para proponer una alternativa más sostenible a los tratamientos antifouling convencionales.
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Desarrollado entre 2024 y finales de 2026, el proyecto Endfouling aspira a proponer un nuevo enfoque para combatir las incrustaciones biológicas. Con un presupuesto de 624 724,89 euros, está financiado por el Instituto Valenciano de Competitividad e Innovación (IVACE+i), en el marco de su programa de proyectos de cooperación estratégica, con el apoyo del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER). Reúne a AIMPLAS, la Fundación Valenciaport, Biotech Vana y Seroil Valencia. La Fundación Valenciaport está encargada de validar el prototipo en condiciones reales de explotación. Paralelamente, analiza los diferentes flujos de desechos producidos en el puerto de Valencia para identificar aquellos que puedan servir como materia prima para la fabricación de nuevos materiales antifouling.

«Las incrustaciones marinas que se fijan en el casco de los barcos aumentan la resistencia al agua. Cuando esto ocurre, el barco necesita más energía para moverse, consume más combustible y genera más emisiones de CO₂. Además, los costos de mantenimiento aumentan y el traslado de especies invasoras entre diferentes zonas marinas puede ser favorecido», explica Carolina Navarro, directora de la Economía Azul de la Fundación Valenciaport.

Pruebas en condiciones reales

Los ensayos no se limitan al laboratorio. Para los socios del proyecto, es indispensable confrontar rápidamente esta tecnología con las restricciones del entorno portuario. «La validación en un entorno real es fundamental», subraya Carolina Navarro. «En el laboratorio, se pueden controlar muchos parámetros, pero en el puerto intervienen factores como la salinidad, la temperatura, las corrientes, la exposición prolongada al agua, la actividad biológica del medio marino o las condiciones propias de la explotación. El desafío consiste en demostrar que el prototipo no solo es eficaz desde un punto de vista técnico, sino también viable, seguro, sostenible y compatible con las necesidades reales del sector.»

Más allá de la innovación, el proyecto también refleja una evolución en la manera de concebir los puertos. Estos ya no se consideran solo como infraestructuras logísticas o industriales, sino como ecosistemas donde circulan mercancías, personas, energía, agua, materiales… y desechos.

«Dejamos de ver el puerto únicamente como una infraestructura logística o industrial y comenzamos a entenderlo como un ecosistema complejo. En la economía circular, los desechos dejan de ser solo un problema de gestión para convertirse en recursos potenciales.»

De restos alimenticios a aditivos biológicos

El núcleo del proyecto consiste en transformar desechos orgánicos en aditivos biológicos capaces de limitar el desarrollo de organismos marinos en los cascos. Las investigaciones se centran principalmente en los desechos orgánicos producidos en los entornos portuarios y a bordo de los barcos, especialmente los restos de cocina y los desechos alimentarios post-consumo (frutas, verduras, carnes, pan, productos lácteos, harinas, etc.).

Como explica Alberto González Chuliá, responsable técnico del proyecto Endfouling en el Instituto Tecnológico del Plástico AIMPLAS, la fabricación de estos aditivos biológicos se basa en un proceso de valorización en varias etapas. «En primer lugar, se analizan los diferentes desechos para determinar su composición nutricional, identificando aquellos que presentan el mayor potencial para favorecer el crecimiento de microorganismos con capacidad antifouling. Luego, los desechos seleccionados se trituran, se mezclan con un medio de cultivo adecuado y se esterilizan antes de ser introducidos en un biorreactor. Allí, se realiza una fermentación en condiciones controladas, permitiendo la producción de biomasa microbiana, que luego se filtra y se concentra.».

Alberto González Chuliá destaca que este recurso presenta un doble interés. Disponible en grandes cantidades en los puertos, también posee un alto contenido en materia orgánica, favorable para el desarrollo de los microorganismos buscados. «Estos desechos se caracterizan por su heterogeneidad, su baja densidad y diferentes niveles de contaminación, incluyendo la presencia de plásticos y materiales de embalaje. Su interés radica en su alta carga en materia orgánica, especialmente en azúcares y en demanda química de oxígeno (DQO), lo que los convierte en sustratos adecuados para el crecimiento microbiano.» Su abundancia en los entornos portuarios los convierte así en una fuente sostenible para producir nuevos aditivos biotecnológicos.

Enzimas, microorganismos y modelización numérica