Al sur del Líbano, décadas de conflicto han dejado una huella invisible, pero duradera. Suelos contaminados y ecosistemas destruidos dejan una agricultura agonizante. Entre datos científicos alarmantes y testimonios de agricultores obligados a abandonar sus tierras, la urgencia de una reconstrucción ambiental se impone como una condición esencial para la supervivencia de las comunidades rurales.
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Una tierra contaminada, agricultores en peligro
22-med – abril 2026
• Al sur del Líbano, los suelos agrícolas están contaminados por metales pesados y residuos de guerra, poniendo en peligro la seguridad alimentaria.
• Entre la destrucción de ecosistemas y riesgos sanitarios, la reactivación agrícola depende de una restauración ambiental pesada e incierta.
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En Líbano, la guerra no solo ha destruido casas y carreteras. Ha alterado profundamente los suelos, el aire, el agua y los ecosistemas, transformando tierras agrícolas que antes eran fértiles en zonas de riesgo. Según un informe del Consejo Nacional de la Investigación Científica Libanés (CNRS-L) y del ministerio del Medio Ambiente, esta degradación ambiental constituye una amenaza directa para la seguridad alimentaria, la salud pública y los medios de vida rurales.
En algunas regiones, en la frontera con Israel, como Marjayoun, Bint Jbeil o Nabatiyeh, la agricultura, especialmente la olivicultura, estaba en el corazón de la economía local. Hoy, está paralizada.
Suelos agrícolas convertidos en tóxicos
Uno de los hallazgos más preocupantes se refiere a la contaminación de los suelos. Análisis realizados en 134 muestras revelan la presencia de metales pesados, incluyendo cromo, zinc y cobre, a niveles a veces muy superiores a los umbrales agrícolas aceptables.
En casi el 45% de las muestras, el cromo supera los límites permitidos, con concentraciones consideradas "muy altas" en más de la mitad de los casos. Estos contaminantes provienen de los residuos de municiones, explosiones y escombros industriales.
A esto se suma una anomalía inquietante con concentraciones muy altas de fósforo, posiblemente relacionadas con el uso de fósforo blanco. Se han detectado en varias zonas agrícolas, incluyendo fuera de las áreas oficialmente señaladas, haciendo que estos suelos sean impropios para el cultivo, o produciendo cosechas potencialmente peligrosas para el consumo.
Agricultores entre abandono forzado y peligro permanente
Sobre el terreno, los datos científicos toman un rostro humano.
En Hula, Khairallah Yaacoub observa su huerto devastado. “Pasábamos largas horas arando, plantando y cosechando. Pero los combates lo han destruido todo.”
La agricultura ya no es solo difícil, se ha vuelto peligrosa. “Hoy, el ejército israelí puede enviarme una advertencia a través de un dron... y si no me retiro, puedo ser bombardeado directamente.”
El mismo diagnóstico en Blida, donde Hussein Daher describe una escena que se ha vuelto habitual. “Un dron israelí apareció sobre mí... unos minutos después, lanzó una bomba en el lugar donde me encontraba.”
Más allá del peligro inmediato, el impacto económico es catastrófico. “Antes, producíamos cientos de bidones de aceite de oliva, hoy no producimos nada.”
En algunas localidades, familias enteras han perdido su única fuente de ingresos, con pérdidas estimadas en decenas de miles de dólares por temporada. Esta fragilización económica se inscribe en un deterioro más amplio de los medios naturales.
Ecosistemas afectados a largo plazo
La degradación no se limita a los suelos. El informe del CNRS-L destaca una destrucción masiva de los ecosistemas agrícolas, con más de 2,000 hectáreas de huertos quemados, incluidas numerosas olivares, y cerca de 5,000 hectáreas de bosques devastados.
Esta desaparición de la cobertura vegetal desorganiza todo el sistema agrícola. Los polinizadores se ven directamente afectados. Cerca de 50,000 colmenas han sido destruidas, comprometiendo la polinización, esencial para la producción.
Al mismo tiempo, la erosión de los suelos se acelera en ausencia de vegetación, reduciendo aún más su fertilidad. La destrucción de los sistemas de riego acentúa estos desequilibrios y complica cualquier reactivación de la actividad.
Aire y agua contaminados, una presión adicional
A esto se suma una alteración de otros componentes del medio ambiente. Los bombardeos y los incendios han degradado la calidad del aire, con niveles de partículas finas que superan ampliamente las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud.
Estos contaminantes afectan la salud humana, pero también los cultivos al perturbar su desarrollo. Al mismo tiempo, las aguas superficiales están contaminadas por la escorrentía de los suelos quemados, transportando metales pesados y residuos químicos hacia los ríos y los acuíferos.
Todo esto forma un sistema agrícola atrapado en una cadena de desequilibrios, donde cada factor refuerza a los otros.
Restaurar tierras duraderamente degradadas
A pesar de la magnitud de los daños, existen caminos para rehabilitar las tierras agrícolas, pero implican intervenciones largas, costosas y técnicamente supervisadas.
El primer paso se refiere a la descontaminación de los suelos. El informe menciona en particular la fitoremediación, que consiste en utilizar ciertas plantas capaces de absorber los contaminantes, así como la adición de enmiendas para estabilizar los metales pesados. Según el nivel de contaminación, estas operaciones pueden costar entre 200 y 4,000 dólares (aproximadamente 180 a 3,700 euros) por hectárea, lo que limita su despliegue a gran escala.
En el terreno, estas soluciones aún son teóricas para muchos agricultores. Más allá de estas técnicas, la restauración pasa por una reconstrucción progresiva de los medios. Esto implica la replantación de los olivares y bosques destruidos, la estabilización de los suelos para frenar la erosión y la protección de las zonas agrícolas más sensibles. La restauración de los sistemas de riego también constituye un eje central para relanzar la producción.
Los expertos también insisten en la necesidad de inscribir estas acciones en un enfoque de reconstrucción más global, que busque hacer los sistemas agrícolas más resilientes. Esto supone desarrollar prácticas agrícolas sostenibles, mejorar la gestión del agua y apoyarse más en soluciones basadas en la naturaleza.
Finalmente, la gestión de los desechos derivados de las destrucciones sigue siendo un desafío importante. Millones de toneladas de escombros dejados por la guerra deben ser tratados con precaución para evitar una contaminación adicional de los suelos y acuíferos.
Una reconstrucción bajo presión
Al sur del Líbano, la cuestión ya no es solo cuándo cesarán los combates, sino qué quedará por cultivar después. Detrás de las casas por reconstruir, hay suelos que diagnosticar, descontaminar, a veces abandonar. Los datos científicos lo confirman y los agricultores ya lo viven, sin restauración ambiental, ninguna reactivación sostenible de la actividad agrícola es posible.
En estos territorios, la reconstrucción pasará tanto por los laboratorios como por los campos. Identificar las zonas cultivables, acompañar a los agricultores, restaurar los ecosistemas: son pasos indispensables para evitar que la crisis actual se transforme en un cambio irreversible. Porque aquí, la tierra no es un decorado de guerra. Se ha convertido en una de las primeras víctimas.

Foto de portada © CNRS-L