Frente a las costas de Orán, un arrecife artificial transforma un fondo marino empobrecido en un ecosistema vivo. Nacido de una iniciativa asociativa convertida en política pública, el proyecto de Bousfer narra cómo la ciencia, el compromiso local y la cooperación internacional pueden reparar, por fragmentos, un Mediterráneo bajo presión. La historia comienza lejos de los discursos oficiales y de los grandes planes climáticos. Se desarrolla bajo la superficie, a unas millas de la costa de Orán, donde buceadores, científicos y voluntarios han decidido intervenir antes de que el empobrecimiento se vuelva irreversible.
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Bousfer: una experiencia argelina para un Mediterráneo en crisis
22-med – mayo 2026
• Frente a las costas de Orán, un arrecife artificial transforma un fondo marino empobrecido en un ecosistema vivo.
• Nacido de una iniciativa asociativa, el proyecto de Bousfer se convierte en un modelo argelino de restauración marina.
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Por Mohamed Mir – Periodista
A unos diez kilómetros de la costa de Orán, donde la costa argelina se disuelve en un azul denso y tranquilo, el Mediterráneo esconde una experiencia discreta. A treinta metros bajo la superficie, en un fondo que durante mucho tiempo fue un desierto arenoso, los peces ahora circulan en bancos apretados. No están allí por casualidad. Han regresado porque alguien decidió, hace casi diez años, devolver al medio marino lo que décadas de presión humana le habían quitado: estructura, refugio, puntos de anclaje para la vida.
El arrecife artificial de Bousfer no es espectacular. No tiene la monumentalidad de los grandes proyectos de ingeniería marítima, ni el aura simbólica de un parque natural clasificado. Está hecho de bloques de hormigón sumergidos metódicamente, diseñados para resistir las corrientes, ofrecer cavidades, favorecer la fijación de algas e invertebrados, y recrear, pieza por pieza, las condiciones elementales de un ecosistema funcional. Lo que allí se juega tiene menos que ver con la hazaña que con la paciencia.
El Mediterráneo, como se sabe, es un mar bajo presión. Semi-cerrado, densamente poblado en sus costas, concentra algunas de las formas más intensas de explotación marítima: pesca industrial, tráfico marítimo, vertidos urbanos, urbanización del litoral. En Marsella, la biomasa pesquera había caído entre un 80 y un 90 % antes de los años 2000. El golfo de Orán, a pesar de una menor industrialización, no se ha librado. Los fondos arenosos frente a la playa de la Estrella, en Aïn Turk, antaño ricos en vida bentónica, se habían vuelto pobres, casi estériles, incapaces de ofrecer refugio o alimento a poblaciones marinas sostenibles.
Una idea surgida de los buceadores, no de los ministerios
Es en este contexto que, en 2015, una asociación argelina decide intervenir. Barbarous, organización ecologista marina fundada por buceadores y biólogos, lleva entonces un proyecto que muchos consideran irrealista: implantar el primer arrecife artificial de Argelia en la bahía de Bousfer. A su cabeza, Amine Chakouri, buceador experimentado y activista ecologista, defiende una idea simple, casi pedagógica: en el medio marino, la diversidad biológica no es desencadenada por el agua en sí misma, sino por el sustrato. Sin soporte físico, no hay fijación, no hay cadena trófica, no hay vida sostenible.
El arrecife de Bousfer está diseñado como un arrecife de producción, a veces descrito como un "HLM para peces". El objetivo no es decorativo, ni estrictamente conservador: se trata de aumentar la diversidad y la biomasa ictiológica en una zona degradada, y permitir que el ecosistema se regenere por sí mismo. La idea no es nueva a nivel mundial. Japón, en particular, ha construido desde hace décadas una política pública de arrecifes artificiales, con cerca de 20,000 sitios y cientos de modelos adaptados a los contextos locales. En Argelia, sin embargo, el enfoque todavía es experimental.

Los primeros resultados son rápidos. Durante la fase piloto lanzada en 2015, el número de especies registradas en la zona pasa de cuatro a cuarenta y cuatro. Más recientemente, el seguimiento científico del módulo O.R.1 — Oran Reef One — revela una aceleración aún más sorprendente: en solo seis meses, la riqueza específica se multiplica por más de nueve. Treinta y siete especies recolonizan la zona, entre las cuales se encuentran peces de alto valor ecológico y comercial: pargos, sargos, serviolas, cabrachos, doncellas, meros. El arrecife se convierte en una guardería, luego en un cruce biológico.
Cuando la experimentación se convierte en política pública
Esta metamorfosis atrae la atención más allá del círculo asociativo. En 2016, una iniciativa similar surge en Annaba, impulsada por la asociación Hippone Sub. En 2017, el Estado argelino adopta un decreto nacional que regula la creación y gestión de arrecifes artificiales. El texto descentraliza su gobernanza, confiando a las autoridades locales la responsabilidad de su implementación y mantenimiento, al tiempo que fomenta la colaboración entre asociaciones, universidades y administraciones. Lo que se percibía como una utopía militante se convierte en una herramienta de política pública.
En Bousfer, el proyecto cambia de escala. Ahora está respaldado por una alianza institucional y civil que involucra al Ministerio de Agricultura, Desarrollo Rural y Pesca, la asociación Barbarous, la Universidad Oran 1 Ahmed Ben Bella y la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional, la JICA. El seguimiento científico está asegurado, en particular, por Kaïs Boumediène Hussein, doctor en ecología y biología marina, docente-investigador y asesor científico de Barbarous. Su diagnóstico es constante: la clave de la diversidad marina reside en la complejidad de los hábitats. Ofrecer soportes es desencadenar una explosión biológica.
La fase principal del proyecto, completada en 2025, ve la inmersión de 80 bloques de hormigón adicionales, representando aproximadamente el 80 % de la configuración actual del arrecife. Estas estructuras, distribuidas en diez hectáreas, crean un mosaico de microhábitats capaces de atraer tanto especies demersales como pelágicas. El efecto "oasis" es manifiesto: los peces no solo pasan, se instalan.
Pero este éxito ecológico plantea inmediatamente un problema clásico: el de la protección. Un arrecife artificial, al atraer vida, también atrae la presión humana. Para evitar que el sitio se convierta en un punto de concentración de pesca intensiva o caza submarina, se implementan medidas estrictas. En el marco de la segunda fase, RO II, se instalan dispositivos de balizamiento y señalización en coordinación con la Dirección de Pesca Marítima del Estado de Orán y con la empresa Aqua Paloma, especializada en trabajos marítimos. El objetivo es hacer que la zona sea visible, evitable y jurídicamente protegida.
Una ecología que también debe alimentar
El proyecto de Bousfer no se limita a la restauración ecológica. Integra una dimensión socioeconómica asumida. Los pescadores artesanales, enfrentados al agotamiento de las reservas naturales, están directamente afectados. En Marsella, los arrecifes artificiales del Prado han permitido un aumento de la biomasa del 264 % en diez años. En Argelia, las primeras mediciones ya indican un aumento de la biomasa para ciertas especies objetivo, con un beneficio económico directo estimado en más de 26,000 dinares por kilogramo para los pescadores locales.
La innovación continúa con el estudio de dispositivos complementarios: nichos para el cultivo de mejillones, convivencia con cefalópodos como el pulpo o la sepia, diversificación de los ingresos pesqueros. El arrecife se convierte así en una herramienta de desarrollo sostenible, articulando la protección de los ecosistemas y la viabilidad económica.
A esta dimensión se suma la del turismo. El buceo ecológico en arrecifes artificiales abre nuevas perspectivas para un turismo costero más respetuoso, creador de empleos y vector de concienciación. El renacimiento de la vida marina no solo beneficia a los peces; también redefine los usos humanos del litoral.
La cooperación japonesa juega aquí un papel estructurante. Japón es el único país que ha industrializado la política de los arrecifes artificiales a gran escala. Su experiencia, encarnada especialmente por el experto Nanao Hitonori, se traduce en Bousfer mediante una transferencia progresiva de competencias. Dos formaciones principales están programadas para 2026: una en Túnez, centrada en la gestión científica de los arrecifes, y otra en Japón, dedicada a la cogestión sostenible de las pesquerías.
2026, o el paso a gran escala
El proyecto también se inspira en innovaciones locales. El concepto inicial, bautizado como "Bio-Kaïs", se basaba en la implantación de praderas de posidonia en desiertos marinos. Probado primero a pequeña escala, el método se adaptó a las dimensiones del sitio de Bousfer. Además, Barbarous trabaja en la trasplantación del alga cystoseira, especie amenazada pero indicadora de la buena calidad de las aguas, especialmente en los rompeolas portuarios argelinos.
El año 2026 marca una nueva etapa. La extensión validada prevé la inmersión de 100 bloques adicionales, elevando el total a 180 módulos. Paralelamente, el modelo de Bousfer está llamado a replicarse en otras wilayas, incluidas Skikda, Tipaza y Tizi Ouzou, en el marco de una estrategia nacional de restauración marina.
Los desafíos permanecen. El principal riesgo identificado es el efecto de concentración: atraer a los peces también puede atraer una presión de pesca excesiva. La cogestión con los pescadores, la vigilancia continua y la integración del arrecife en una política ambiental global son indispensables. Un arrecife artificial no es una solución milagrosa. No reemplaza el tratamiento de aguas residuales, ni la lucha contra la contaminación costera, ni la adaptación al cambio climático.
Pero la experiencia de Bousfer muestra que otra trayectoria es posible. Partiendo de una iniciativa asociativa marginal, se ha convertido en un proyecto institucionalizado, científicamente validado y jurídicamente encuadrado. Testimonia la capacidad de la sociedad civil argelina para impulsar cambios concretos, siempre que el Estado acepte acompañarlos.
Bajo las olas del golfo de Orán, el arrecife no solo produce vida. Se inscribe en una dinámica mediterránea más amplia, la de un mar que aún se puede reparar, no mediante grandes gestos espectaculares, sino mediante una acumulación de decisiones modestas, persistentes y colectivas. En Bousfer, el hormigón no ha servido para conquistar la naturaleza, sino para devolverle un punto de apoyo.
